20/3/2024

Orden y tiempo son dos palabras importantes. No obstante, salvo que usted sea un físico profesional, probablemente en su día a día da por descontado o derechamente omite preguntas como ¿qué es el tiempo? o ¿sigue éste un orden? Esas preguntas le pueden parecer extrañas y ajenas; quizás, como yo, usted se cuestiona con algo de pesimismo y recurrencia, cómo va a lograr cumplir sus tareas pendientes en el escaso tiempo que le queda, pero no, qué es el tiempo.

Sea o no parte de sus preocupaciones cotidianas, vivimos inmersos en esta extraña idea que llamamos tiempo o, como apuntaba Borges con algo más de poesía de la que soy capaz de elaborar por mí mismo, el tiempo es algo que derechamente somos; “(…) El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.

Por lo mismo, vale la pena reflexionar sobre aquel o, al menos, esa es la invitación que Carlo Rovelli nos realiza en su libro “El Orden del Tiempo”, editado y traducido por Anagrama, el cual integra su colección compactos y cuya lectura me atrevo a recomendar en esta breve columna de “Lado B”.

Rovelli es un físico teórico de origen italiano que, ha trabajado tanto en Italia, Estados Unidos y Francia, y cuenta con una dilatada carrera de investigador. Además, es un reconocido exponente de la así llamada, teoría de gravedad cuántica de bucles, más conocida por su sigla en inglés LQG (loop quantum gravity).

Si lo que acabo de indicar la/lo asustó y contribuye al cese de la lectura de esta columna, pero más importante aún, de privarse de leer el libro “El Orden del Tiempo”, le pido un voto de confianza y paciencia, pero aclaro, su sospecha está bien justificada, está leyendo una columna sobre algo que, matices más, matices menos, puede ser catalogado como un libro de física.

Sin embargo, su autor no es sólo un físico teórico, si eso no fuese mérito intelectual suficiente para dedicarle un poco de su atención, es un divulgador científico que aborda con elegancia, buen gusto, humor, perspectiva y sofisticación temas de historia y filosofía, demostrando un bagaje cultural que pocas veces he detectado en escritores contemporáneos.

Para ilustrar lo anterior, baste mencionar que en su ensayo, por ejemplo, nos regala una explicación gráfica sobre el fenómeno físico de ralentización del tiempo que considera dibujos de pitufos, esquemas sobre la estructura espacio-tiempo que concibió Einstein a los 25 años, epígrafes provenientes del Enrique IV de Shakespeare, referencias al Milinda-pañjá –un texto budista del siglo I– y a las Confesiones de San Agustín. Y esto es por solo nombrar un muy pequeño conjunto de las muy diversas referencias culturales del autor.

Aunque ello ya sea meritorio, en mi muy humilde opinión, la verdadera singularidad del ensayo no radica en la panoplia cultural utilizada para ilustrar conceptos físicos y filosóficos de elevada complejidad, sino en cierta sensibilidad y belleza. Así, por ejemplo, me parece evocativo el siguiente pasaje que explica que el mundo no es un conjunto de cosas sino de eventos:

“(…) funciona, en cambio, concebir el mundo como una red de eventos: unos más simples, y otros más complejos, que a su vez se pueden descomponer en combinaciones de eventos más simples (…) Una familia no es una cosa: es un conjunto de relaciones, acontecimientos y sentimientos. ¿Y un ser humano? Por supuesto que no es una cosa: es un proceso complejo, en el que como en la nube sobre la montaña entra y sale aire, pero también comida, información, luz, palabras, etc. Un nodo de nodos en una red de relaciones sociales, en una red de procesos químicos, en una red de emociones que se intercambian con el prójimo.”

Y mi favorito:

La diferencia entre cosas y eventos es que las cosas permanecen en el tiempo. Los eventos, en cambio, tienen una duración limitada. Un prototipo de “cosa” es una piedra: podemos preguntarnos dónde estará mañana. Mientras que un beso es un “evento”: no tiene sentido preguntarse adónde habrá ido el beso mañana. El mundo está hecho de redes de besos, no de piedras

Para no arruinar sorpresas y sin el ánimo de ahondar de sobremanera en el viaje argumental que despliega el autor, adelanto que el ensayo se estructura en tres secciones. La primera, se aboca a desentrañar lo que la física moderna comprende sobre el tiempo, a costa de contradecir nuestras intuiciones más básicas. Por ejemplo, no hay un tiempo objetivo, único e independiente y, además, el ahora no significa nada.

La segunda parte del libro describe el mundo que resulta de desacoplar los errores cognitivos que tenemos sobre el tiempo, lo que enigmáticamente Rovelli denomina, un mundo sin tiempo.

Finalmente, en la tercera parte y quizá la más difícil de seguir, el autor reconstruye la noción de tiempo que emerge, por un lado, del ejercicio dialéctico previamente desarrollado y, por el otro, de nuestra experiencia.

De esta última sección, en concreto de su apartado final, me permito pedirle prestado al autor una última idea para cerrar esta columna, cuya lectura vale la pena recordar es solo un evento más del mundo y un intento fallido de ordenar otro evento; el libro en sí: “(…) algo de ellas escapa siempre al orden de nuestros discursos, porque sabemos que, en el fondo, todo intento de poner orden deja siempre algo fuera”.

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